Parkinson, ¿caminar o hacer fuerza?

«¿Y si solo pudiera hacer una cosa, qué elijo: caminar o hacer pesas?» Nos lo preguntan casi cada semana, normalmente poco después del diagnóstico, cuando la familia está intentando entender por dónde empezar.

Y entendemos por qué surge: cuando el tiempo y la energía son limitados, parece lógico querer apostar por lo que «más funcione». Y además, tantos años viendo pacientes sabemos que el caminar es lo que mucha gente entiende por ejercicio y creen que solo con pequeños paseos diarios ya estará todo hecho.

La respuesta corta es que no hace falta elegir. Caminar y entrenar fuerza no compiten entre sí, hacen trabajos distintos. Vamos a explicar por qué, con lo que dice la evidencia más reciente.

El ejercicio ya no es «algo que ayuda»

Durante mucho tiempo el ejercicio se recomendaba en el Parkinson casi como un consejo de bienestar general, en la misma línea que «coma más verdura». Eso ha cambiado bastante. Una revisión de 2024 publicada en el Journal of Neurology, Neurosurgery and Psychiatry, que pasó revista a los estudios de los últimos años, sitúa ya la actividad física como parte central del abordaje del Parkinson, no como un añadido.

Y hay un dato de 2024 que nos llamó especialmente la atención en el equipo. Investigadores de Yale hicieron algo poco habitual: usaron neuroimagen para mirar directamente la sustancia negra —la zona del cerebro donde el Parkinson va destruyendo las neuronas que producen dopamina— antes y después de seis meses de entrenamiento intenso (cardio y fuerza combinados, al menos tres veces por semana, con el corazón trabajando cerca del 80% de su capacidad). Lo esperable, según el curso habitual de la enfermedad, era ver un deterioro. En cambio, los marcadores relacionados con la dopamina subieron. La muestra era pequeña —diez personas— así que hay que leerlo con cautela, pero abre una pregunta que hasta hace poco no nos hacíamos: ¿puede el ejercicio no solo aliviar síntomas, sino frenar algo del propio curso de la enfermedad?

Lo que consigue caminar

Cuando hablamos de «trabajo de marcha» en fisioterapia no nos referimos a salir a pasear sin más, sino a caminar de forma pautada —en cinta, sobre el terreno, a veces con apoyos visuales o auditivos que ayudan a regular el paso—. El objetivo es muy concreto: mejorar la velocidad al andar, alargar la zancada y ganar autonomía en el día a día.

Y los efectos no son fugaces: con solo cuatro semanas de entrenamiento de marcha, u ocho de equilibrio, ya se ven mejoras que aguantan entre tres y doce meses después de terminar el programa, según recoge un trabajo académico que revisó la evidencia disponible. Y según nuestra experiencia estos años también.

El componente aeróbico —caminar rápido, cinta, bici— suma además la parte cardiorrespiratoria. La revisión Cochrane de 2023 sobre ejercicio en Parkinson, una de las más completas que existen, encuentra que el entrenamiento de marcha y equilibrio tiene un efecto beneficioso, aunque modesto, tanto en la gravedad de los síntomas motores como en la calidad de vida.

Aquí entra un matiz que nos parece importante: la intensidad cuenta. Varios estudios apuntan a que trabajar por encima del 70% del consumo máximo de oxígeno genera más neuroplasticidad y retrasa más la pérdida de función motora que hacerlo a ritmo suave. No es casualidad que el ensayo clínico SPARX3, en marcha actualmente en Estados Unidos con cientos de participantes, esté comparando justamente caminar a intensidad moderada frente a intensidad alta, para intentar zanjar si «más fuerte» es también «mejor» para proteger el cerebro.

Lo que consigue el entrenamiento de fuerza

La fuerza juega otro partido. El Parkinson —y muchas veces el sedentarismo que trae consigo— erosiona la masa y la potencia muscular. Entrenarla ayuda a contrarrestar la rigidez y la lentitud de movimientos (lo que llamamos bradicinesia), y se nota en gestos muy cotidianos: levantarse de una silla sin ayuda, subir una escalera, mantenerse erguido sin fatigarse.

La misma revisión Cochrane apunta a un efecto moderado del entrenamiento de fuerza sobre la calidad de vida, y uno más discreto sobre la gravedad motora. Pero hay un terreno donde la fuerza destaca especialmente: el equilibrio. Una revisión centrada en entrenamiento resistido concluye que trabajar la fuerza, sola o combinada con ejercicios de equilibrio, mejora el control postural, algo que se traduce directamente en menos caídas, uno de los riesgos que más nos preocupan en esta enfermedad.

Entonces, ¿caminar o hacer fuerza?

Las dos cosas, y por razones distintas:

Caminar y el trabajo aeróbico entrenan la marcha en sí misma, la resistencia y, si la evidencia preliminar se confirma, quizás también algo de protección para las neuronas que el Parkinson va perdiendo. El entrenamiento de fuerza construye la base muscular que permite moverse con seguridad y reduce el riesgo de caída.

No es casualidad que los programas con mejores resultados —incluido el del estudio de neuroimagen que mencionábamos— combinen cardio y fuerza en la misma semana. La Parkinson’s Foundation lo resume en cuatro bloques que se complementan: aeróbico, fuerza, equilibrio/agilidad y flexibilidad. Cada uno aborda un síntoma que los otros no cubren del todo.

La pregunta que de verdad importa

Con el tiempo hemos aprendido que la prioridad entre caminar y hacer fuerza no depende tanto de lo que diga un estudio en general, sino de qué le está limitando más a cada persona en concreto.

Si lo que domina es la fatiga, solemos priorizar marcha suave. Si lo que domina es la pérdida de fuerza o los tropiezos, la fuerza pasa a primer plano. Por eso en el centro nunca empezamos con una rutina de plantilla: empezamos con una valoración.

Si hay algo que sí nos atrevemos a decir sin matices es esto: lo único que la evidencia no respalda es quedarse quieto. Caminar, hacer fuerza, trabajar el equilibrio, bailar, practicar Tai Chi —casi cualquier ejercicio sostenido en el tiempo aporta beneficio motor—. La pregunta no es tanto «caminar o fuerza», sino cómo combinar ambas cosas de forma seguridad, progresiva, y a la medida de cada fase de la enfermedad.


Referencias

  1. de Laat, B., Hoye, J., Stanley, G., et al. (2024). Intense exercise increases dopamine transporter and neuromelanin concentrations in the substantia nigra in Parkinson’s disease. npj Parkinson’s Disease. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC10858031/
  2. Ernst, M., Folkerts, A.K., Gollan, R., et al. (2023). Physical exercise for people with Parkinson’s disease: a systematic review and network meta-analysis. Cochrane Database of Systematic Reviews. https://www.cochranelibrary.com/cdsr/doi/10.1002/14651858.CD013856.pub2/full/es
  3. Feasibility and effect of high-intensity training on the progression of motor symptoms in adult individuals with Parkinson’s disease: A systematic review and meta-analysis (2023). https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC10637666/
  4. Corcos, D.M., et al. Study in Parkinson’s disease of exercise phase 3 (SPARX3): study protocol for a randomized controlled trialhttps://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC9535216/
  5. Parkinson’s Foundation. Ejerciciohttps://www.parkinson.org/espanol/vivir-con-parkinson/tratamiento/ejercicio
  6. Efecto del entrenamiento resistido sobre el equilibrio y control postural en personas con párkinson: una revisión sistemática. Revista Científica de la Sociedad Española de Enfermería Neurológica. https://www.elsevier.es/es-revista-revista-cientifica-sociedad-espanola-enfermeria-319-articulo-efecto-del-entrenamiento-resistido-sobre-S2013524621000155
  7. AARP. El ejercicio es crucial para manejar la enfermedad de Parkinson (2025). https://www.aarp.org/espanol/salud/enfermedades-y-tratamientos/info-2025/ejercicio-parkinson-beneficios.html

Nota: este artículo tiene fines divulgativos y no sustituye la valoración individualizada de un profesional sanitario. Cualquier programa de ejercicio en personas con Parkinson debe adaptarse a la fase de la enfermedad, las comorbilidades y las limitaciones específicas de cada paciente.