Cuando pensamos en un ictus y en las secuelas que este evento produce en los pacientes, nos vienen a la cabeza los trastornos motores clásicos. La dificultad para mover la mitad del cuerpo, la falta de fuerza o incluso las restricciones articulares por un exceso de tono muscular conforman la imagen típica del paciente neurológico adulto.
Pero además de este tipo de signos clásicos, los trastornos cognitivos y conductuales son secuelas frecuentes que pueden influir de manera determinante en el estado y en la evolución del paciente.
Trastornos como apatía, depresión, ansiedad, apraxias, etcétera, limitan la funcionalidad del paciente y la interacción de éste con su entorno, llegando a dificultar la recuperación.
Por otro lado las familias pueden sufrir estrés y ansiedad por la situación derivada del ictus del propio paciente, y es necesario intervenir y recibir ayuda para que el entorno del paciente post-ictus entienda y ayude en esta situación.
Para todo ello la neuropsicología se convierte en una eficaz herramienta. Gracias al trabajo transdisciplinar con otros profesionales como fisioterapeutas o terapeutas ocupacionales, la neuropsicología ayuda a solucionar estos problemas cognitivos y conductuales que afectan al paciente y por otro lado sirven para dar un respiro al entorno del paciente, ayudando a entender la nueva situación y sirviendo como medio de tratamiento también para los familiares de la persona que ha sufrido el ictus.
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